
| 01. | El fenómeno iyáonifá en Cuba Víctor Betancourt Estrada |
| 02. | Réplica a "El fenómeno iyáonifá" Jorge Felipe Marín |
| 03. | Cerrar el paso a la violencia Dimas Castellanos |
| 04. | 10 de abril. Gloriosos aniversarios, retos vigentes Leonardo Calvo |
| 05. | Los partidos políticos en Cuba Byron Miguel |
| 06. | El proyecto revolucionario y los homosexuales Tomás Fernández Robaina |
| 07. | Maximalismos y minimalismos en Cuba, las estrategias alternativas de transición en perspectiva Manuel Cuesta Morúa |
| 08. | Cuba: realidades y perspectivas para un nuevo año T. Avellaneda |
| 09. | Exigencias de un diálogo nacional cubano María Cristina Herrera |
| 10. | La muerte de un maestro Rogelio Fabio Hurtado |
| 11. | Novela negra a lo cubano Raúl Antonio Capote |
Por las pérdidas materiales que ocasiona, por los daños espirituales que genera y por la amenaza que representa para la supervivencia, la violencia ocupa el primer lugar entre las disímiles enfermedades letales que padece la humanidad. Los atroces acontecimientos que diariamente vemos y escuchamos en los medios informativos muestran una creciente espiral de violencia que generan desesperanza y pavor paralizantes para la gran mayoría entre los habitantes de nuestro planeta.
La violencia, una vez incubada, adquiere autonomía y crece incontrolablemente por doquier, de forma similar a los tumores malignos. Tal alteración se ve potenciada en los países donde la ausencia de derechos y libertades cierra el paso a las soluciones civilizadas. Ante esa fatídica realidad, la sociedad amenazada tiene solamente dos opciones: destruir el virus portador o resignarse a ser destruida; empeño en el cual al menos hasta donde ha transitado la historia, el único antídoto probado con eficiencia es la conducta ética sustentada en el principio del amor al prójimo.
En ese enrarecido ambiente las declaraciones de dos ”excarcelados” el pasado mes de diciembre -integrantes del grupo de 75 cubanos condenados a altas penas de prisión en abril del 2003- constituyen una aliento y una excelente oportunidad para reflexionar acerca de un tema tan vital para el presente y el futuro del caimán caribeño.
En Cuba, la historia de conquista, colonización, esclavitud, ataques de corsarios y piratas, sublevaciones, conspiraciones, guerras de independencia, bandolerismo, ocupaciones e intervenciones extranjeras, masacres de negros, pandillerismo, golpes de estado, revolución, contrarrevolución y agresiones verbales, tan dañinas a la esencia humana como las guerras, han forjado una larga cadena de violencias que se reflejan en la conducta de una buena parte de los cubanos como herencia genético-cultural.
La contradicción entre la necesidad y la imposibilidad de superar la crisis estructural en la que está inmersa nuestra sociedad sin romper por algunos de sus eslabones esa funesta cadena de violencias que nos ata al pasado, convierte al tema en un problema que afecta el presente y futuro de todos. Según algunos, el principal obstáculo radica en que nadie que haya sufrido en carne propia sus efectos está en disposición de perdonar sin antes hacer uso de la añeja ley del talión, ojo por ojo y diente por diente.
Como un rayo de luz en medio de las tinieblas y como buena nueva para el año recién comenzado –después de haber permanecido más de 20 meses en prisión por hacer uso de derechos y libertades inherentes a todos los seres humanos– han emitido un mensaje de esperanza para el presente y futuro de la nación.
Uno de ellos, el poeta Raúl Rivero expresó: “...pasé mucho trabajo, muchos sufrimientos, no diré a nadie que lo voy a olvidar, pero te aseguro que no salí de la cárcel con odios. Yo no siento odio ni salí con ánimos de vengarme de nadie. Entiendo que eso fue una circunstancia de mi vida y acepto lo que pasó con mucha resignación.” El otro, el economista Oscar Espinosa, al responder una pregunta sobre el ánimo con que había salido de la prisión, declaró lacónicamente “dejo la cárcel sin rencor y sin odios”.
Esas declaraciones en el contexto de una cultura predominante de violencia, además de constituir una forma práctica de convertir las abstracciones en hechos concretos, representa un hito para la construcción de la nueva Cuba. Ambos al ser excarcelados declaran su determinación de renunciar a la ley del talión y romper el eslabón desde su condición de víctimas. Un símbolo de responsabilidad, crecimiento humano y disposición de coadyuvar al restablecimiento de la armonía perdida mediante el perdón como primer paso de un largo y complejo proceso que traza el camino al diálogo, la justicia y el amor.
Cierto es que el perdón, como la reconciliación, son bilaterales y por eso irrealizables si la otra parte carece de la voluntad necesaria. Sin embargo, ambos procesos, como demuestra la historia comienzan siempre por una de las partes, por la de mayor altura. En ello, precisamente, radica el mérito de los compatriotas excarcelados, porque reconciliar, más que demandar, es la disposición de perdonar. En ese sentido perdón y reconciliación conforman un proceso continuo del presente para construir el porvenir mediante la cura de las heridas del pasado.
El NO al odio en respuesta a esa tentación que nos corroe por dentro y nos retrotrae en la escala de desarrollo al nivel biológico no se puede realizar si no nace y se expresa desde el amor al prójimo, incluyendo en los prójimos, para su vergüenza, a los que aplicaron la violencia directa y para doble vergüenza a aquellos que se prestaron para falsas declaraciones, porque a fin de cuentas no son más que seres con alto grado de odios, egoísmos e imperfecciones humanas. Sin embargo, la buena nueva no cobrará su verdadero significado hasta tanto, comenzando por los más conscientes, nos transformemos en sujetos activos y seamos capaces de imitar la conducta de estos excarcelados. Hasta alcanzar el corazón y la mente de todos los cubanos, hasta lograr que esa conducta generalizada se exprese en arrepentimiento de los represores, en crecimiento de los reprimidos y en mejoramiento humano de todos. Hasta que seamos capaces de renunciar al lenguaje agresivo que muchas veces resulta antesala de la agresión física. Hasta que comprendamos definitivamente que derrotarnos los unos a los otros es una operación dañina e ilusoria que a nada ni a nadie beneficia.
Para evitar que ese mal que amenaza a la humanidad nos destruya y para evitar que la violencia llegue al doloroso límite de hacer imposible –como ocurre con los condenados a muerte- que también puedan decir como Rivero y Espinosa: "salimos de la cárcel sin odios".