Consenso
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ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DEBATE DEL PENSAMIENTO PROGRESISTA CUBANO
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01. Un periodista sin mandato
Entrevista con Raúl Rivero
02. En busca de la reconciliación
Rogelio Fabio Hurtado
03. Derechos humanos: una pincelada general en perspectiva
Rosa M. Rodríguez
04. Ser mujer en Cuba
T. Avellaneda
05. La necesaria abolición de la pena de muerte en Cuba
Siro del Castillo
06. ¿La efímera violencia?
Lino B. Fernández
07. Nota para la revista Consenso
Rafael León Rodríguez
08. Nuevo País
Dimas Castellanos
09. Consenso progresista
Manuel Cuesta Morúa
10. Diglosia cubana
José Prats Sariol
   
   
   
Consenso Progresista
Manuel Cuesta Morúa


Como proyecto, Consenso Progresista llegó de la manera en que las alternativas políticas, sociales, morales o culturales entran en las sociedades para no abandonarlas jamás: a través del proceso escalonado por el que las ideas se convierten en creencias, las creencias en valores, los valores en actitudes, las actitudes en acciones y las acciones en costumbres: Transición necesaria y compleja donde el curso de las ideas se confunde con el curso de las mentalidades.

Los progresistas ya somos una costumbre en la sociedad cubana y vamos en pos de que el Estado cubano se acostumbre a los progresistas. Claro que no ha sido ni será fácil acostumbrarse a varias cuestiones importantes para el presente y futuro de Cuba -dimensiones de tiempo que en un sentido son la misma cosa-.

Porque el instinto de los progresistas cubanos, dentro y fuera de la Isla, está conectado al sentido de lo político por encima del sentido de lo visceral; de la democracia antepuesta al del anticastrismo; del respeto como concepto superior al de tolerancia; de los derechos acoplado al de las responsabilidades; de lo social, en tanto gestación y gestión de la sociedad, en oposición al sentido de lo social como gestación y gestión paternalista del Estado; del gobierno frente al de la pura noción de poder; de la nación mejor que al de la ideología; de la cultura, como expresión y refinamiento de la diversidad, contrario al de la cultura como refinamiento de la incivilidad e intolerancia letradas; al sentido de la ética que limita el vals de las conductas y al de la institucionalidad para disolver los caudillismos de todas las filiaciones.

Son ellos los elementos de un canon, nacido y legitimado en el tiempo, la práctica y la controversia, que se sigue definiendo, sin agotarse, por el nacionalismo y el sentido de corresponsabilidad con el que nos situamos en el centro de la historia y las vicisitudes básicas de los cubanos.

Y el contexto en el que llega este proyecto es bien complicado. Partiendo de un punto que consideramos fundamental —la nación cubana— muchos de nosotros hemos venido buscando una derecha nacionalista articulada, de la que ha carecido Cuba, para echar adelante una propuesta vigorosa y autocentrada con la que construir una democracia por la única vía posible: la de la soberanía nacional y la deslegitimación política de cualquier injerencia externa, sea de los Estados o de grupos políticos, a derecha e izquierda, que siguen viejas tentaciones metropolitanas y colonialistas. Y no la hemos encontrado. Sin embargo, hoy es más claro que Cuba podrá ser cualquier cosa, menos una democracia plenamente vivida si ésta se trata de instaurar contra nuestra soberanía como nación.

Cuesta trabajo entenderlo, pero como cubanos no hemos resuelto el conflicto que para otros países parece ser asunto del pasado: la convivencia nacional desde la diferencia en base a un proyecto de nación compartido. Si este conflicto no se resuelve, previa o simultáneamente con el de la democratización, los intentos de instaurar la democracia tendrán sólo un valor testimonial.

Pero en este punto hay una aspecto que no parece evidente: el nacionalismo inexistente en la derecha política parece agotarse en la ultra izquierda en el poder. El desenfado con el que las autoridades actuales liquidan las reservas nacionalistas del país -sobre todo en los planos moral, cultural, político y económico- es equiparable al entusiasmo con el que muchos cubanos, desesperados desde luego, se despiden de Cuba para siempre o hasta nuevo aviso. En este sentido, nunca repetiremos lo bastante el siguiente dato: al paso de la divertida indiferencia política de muchos sectores sociales, de nuestros éxodos y del encartonamiento mental del Estado nuestra seguridad nacional está amenazada.

Es por ello que junto a algunos de mis compatriotas he explorado ampliamente, y en todos los niveles del gobierno, cuotas mínimas de nacionalismo —lo único que he creído puede aportar el régimen en ausencia de auténtica vocación democrática— para tratar de reanimar un proyecto de nación desde sus peligros inminentes. Nulas mis incursiones exploratorias, aunque no desistiremos: el reto de que en Cuba sean primero Cuba y todos los cubanos, vale el costo de trepar varias montañas de Sísifo.

Un proyecto de nación como el que creemos necesario demanda de la invención del ciudadano político apropiado para la empresa. No nos sirve el ciudadano político de nuestras primeras repúblicas, asociado el clientelismo de los intereses; tampoco el ciudadano político de las revoluciones, adiestrado sólo para aniquilar el sentido mismo de la política. Requerimos al ciudadano político forjado por una cultura cívica, que responda más a los valores que a los intereses y que defienda su condición única, individual e irrepetible frente al poder de la masa o el poder del Estado. Esto es un proceso que no conviene abortar, en la pretensión prematura de un nuevo Estado democrático sin soportes en el ciudadano de derechos y su correspondiente ciudadano político. Las experiencias recientes en Cuba son prueba suficiente de que se puede retrasar la democracia tratando de alcanzarla cuando nos colocamos de espaldas al proceso de su constitución. La democratización buscando el poder ha sido nefasta para nuestra débil cultura política.

Proyecto de nación e invención de un nuevo ciudadano político, dos premisas esenciales para las estrategias democráticas de Consenso Progresista. Una expectativa que no se limita a reproducir el elitismo de las democracias representativas ni el populismo de las democracias participativas. El credo democrático de Consenso Progresista es: no representación ni participación sin deliberación.

Creemos en la democracia representativa, pero para relegitimarse ésta necesita de un ciudadano que constantemente pueda y esté en condiciones de deliberar sobre los asuntos y los intereses representables. Creemos, independientemente de sus múltiples significados, en la democracia participativa, pero ella sólo es auténtica cuando los mismos ciudadanos determinan y deliberan sobre los asuntos en los que van a participar. De ahí la importancia que le otorgamos a la invención de un nuevo ciudadano político que nace de la libre controversia de los asuntos públicos y que no legitima ningún proyecto, ninguna determinación ni ninguna decisión en la que no haya tenido la oportunidad de determinar, participar y deliberar para ser representado. >>


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