
| 01. | Un periodista sin mandato Entrevista con Raúl Rivero |
| 02. | En busca de la reconciliación Rogelio Fabio Hurtado |
| 03. | Derechos humanos: una pincelada general en perspectiva Rosa M. Rodríguez |
| 04. | Ser mujer en Cuba T. Avellaneda |
| 05. | La necesaria abolición de la pena de muerte en Cuba Siro del Castillo |
| 06. | ¿La efímera violencia? Lino B. Fernández |
| 07. | Nota para la revista Consenso Rafael León Rodríguez |
| 08. | Nuevo País Dimas Castellanos |
| 09. | Consenso progresista Manuel Cuesta Morúa |
| 10. | Diglosia cubana José Prats Sariol |
El hecho de que cada día seamos más los dispuestos a buscarla, evidencia su potencialidad, y su carácter. La reconciliación pertenece al porvenir, no ha sido definida ni es propiedad de nadie: espera por nuestra lucidez y por nuestro valor para hacerla germinar en la realidad.
Pertenece a todos, y no depende de decisiones superiores a nuestra disposición de forjarla desde la cotidianidad, en cada instante y en cada encuentro. No demanda planillas ni pesquisas de ningún tipo. Ser cordial, sincero y veraz no puede ser delito ni error.
Tampoco la remotez de la discordia puede acostumbrarnos a ella. Reconciliación no significa indiferencia ni ceguera ante la violencia y el horror, conocidos frutos del odio, cuya expresión es la violencia descarnada, que no por brutal carece de astucia. Sabemos cuan sutiles son las maquinaciones del demonio. Acaso el diablo como tal no exista, pero tenemos a la vista lo demoníaco. Frente a esto, la reconciliación nace del amor, y pone su mirada en el horizonte. También lo angélico salta a la vista, y no carece de lucidez. Tampoco ha de confundirse nobleza con sanaquez.
No es la reconciliación un partido al que baste con apuntarse. Tiene que nacer orgánicamente dentro de cada cual, y expresarse en sus actos más elementales. Desde el corazón de cada uno, ha de llegar a la cabeza de todos, para que efectivamente cambie nuestras vidas, la vida entera de la nación. Derrotarnos los unos a los otros es operación ilusoria, que no fortalece a la larga la vida social, desgarrada entre bandos que se devoran cuanto pueden, sin aniquilarse definitivamente. Por eso, la discordia, por muy sistemática y diestra que sea, nunca acaba de alcanzar el equilibrio de la paz prometida.
El odio genera una retórica violenta. No recuerdo nada ennoblecedor ni hermoso que pueda asociársele. El odio apela a la fuerza y al miedo. Para él, la verdad desnuda es peligrosa, de ahí que prefiera hacernos callar. Tampoco la vociferación por sí sola es buena semilla. Entrechocar retóricas violentas complace al demonio, porque gane quien gane predominará el odio, que es tan contagioso. La reconciliación no puede ser herramienta de ninguna venganza. Su compromiso con el amor, con lo fecundo y creativo es raigal, irrenunciable. Ha de ser con todos y para el bien de todos, tal como la predicó y vivió nuestro José Martí, cuya valerosa rosa blanca deslumbra como un sol de decoro.
Como todo lo auténtico, no se consigue pronto ni de casualidad. Exige de sus protagonistas constancia, lucidez y fervor. Para plasmarse en la realidad social necesitará de la entrega de muchos. Como los grandes túneles, hay que echarlos adelante desde ambos lados de la montaña. Sin embargo, tampoco puede esperarse por la disposición para el acuerdo; entonces sería ya cosa hecha.
Los requisitos son los mismos para ambos bandos: buena voluntad, confianza en sí mismos y en los otros, certeza en el objetivo. Tanto el arrepentimiento como el perdón han de ser ejercidos con generosidad. El proceso comienza en el interior de cada uno, pero sólo puede continuar en el diálogo con el otro, mediante el cual ambos podrán configurar la nueva realidad común, cuyas modalidades y ritmos brotarán también de esa conciliación. No vale anticiparse con el propio deseo a una realidad aún inexistente que espera por nuestros esfuerzos de hoy para tornarse visible.
Creo de importancia subrayar que la reconciliación no tiene por qué definirse como antagónica al proceso revolucionario, de cuyos fundamentos nace su determinación a explorar caminos no trillados. Tampoco hemos de imaginarla como una retórica complaciente con el instante histórico, al que aspira a modificar para bien. Quienes sólo aprecien sus intereses personales, acaso la rechacen, por miopía. Otros, puede que la tilden de ilusoria; yo prefiero convidarlos a todos a reflexionar.